Al despertar,
solo ves blanco. Una amplia habitación cuadrada, sin ventanas ni puertas,
completamente blanca. La temperatura adentro te permite no sufrir tu desnudez. Una
extraña sensación recorre tu piel al contacto con el piso. Tanto este como las
paredes se ven impenetrables, pero sin embargo tienen una suavidad innata,
invitan a la comodidad. El techo, por su parte, está demasiado alto como para
divisarlo. El cuarto está vacío completamente, sin ninguna comunicación
aparente con el exterior, y muy bien iluminado, aunque no llegás a descifrar
cómo, ya que no hay lámpara alguna capaz de ser captada por tus ojos.
Tarde o temprano, la duda surge: -"¿Cómo llegué aquí?" -Lo último que recordás es tomar un par de copas de champaña, hacerle el amor a tu esposa y dormirte sin volver a vestir la ropa de noche, en medio de un agotamiento feroz. Entonces, ¿cómo llegaste a...a...a dónde? ¿Dónde estás? Obviamente, la habitación es irreconocible. Ni siquiera se te ocurre por qué estás ahí, ni quién te puso en ese lugar. ¿Estás solo? ¿Te están observando? ¿Qué pasó con tu mujer? La incertidumbre te carcome. ¿Qué podrás haber hecho para terminar ahí? Solo de vez en cuando al tratar de tranquilizarte se te cruza por la mente, fugaz como una liebre que cruza la ruta, una esperanza de que en realidad no te va a pasar nada malo, pero no lográs sostenerla lo suficiente, y volvés otra vez a la iteración de terror y confusión, a la desesperación del no entendimiento, al miedo a ese cuarto blanco, inmaculado, estéril.
Tu única referencia temporal es el hambre, que va subiendo hasta alcanzar tu garganta y te ahoga. Tus labios, si tuvieras motivo para sonreír, se te partirían de tan secos que están. Empezás a planear, a maquinar ideas fantasiosas sobre tu forma de acción. Imaginás vistosas tomas, o avanzadas habilidades marciales que no dominás realmente, para aplicar a quien se muestre. Obviamente deshechás estos absurdos, no tanto por saberte inútil en el arte de la pelea, sino por pensar qué vendría después de la golpiza. ¿Acaso saldrías corriendo? Si no sabés dónde estás, ¿cómo vas a saber si podrás escapar a pie? Una a una, las ideas van muriendo en tu imaginario, dando a luz a una frustración que crece tanto que parece que te va a hacer explotar la cabeza en mil pedazos.
Sigue pasando el tiempo, y lo único que
acertás a hacer es desmayarte. Cuando volvés a abrir los ojos, no hay hambre ni
sed que te aqueje, como si te hubieran alimentado en tu desvanecimiento, como
si alguien quisiera mantenerte con vida. La habitación está siempre bien iluminada.
El día no pasa. Es algo que nunca viste, una capacidad de violencia de
pensamiento que jamás creíste posible. Parece ser que quien sea que te esté
reteniendo no quiere dejarte nada, ninguna clase de referencia visual, de
objeto de la vida que se te va borrando poquito a poco de tu memoria.
La temperatura es constante, y no permite diferenciar día y noche, verano e invierno. Eso te desespera mucho. Cuanto más pasás en ese cuadrado blanco, menos esperanzas te quedan. Lentamente vas olvidando tu cara. Pensaste hace tiempo en dejar de comer y morir de hambre, pero no resististe la agonía. Comenzás a darte cuenta de que la desnudez te impide ahorcarte –y aunque pudieras, el techo está demasiado alto como para hacerlo-, y no tenés el nervio como para morderte la lengua.
El olvido se adueña de vos. Apenas recordás de a ratos que tenías una esposa, pero no la recordás a ella. Olvidás tu casa, tu barrio, la luz del Sol. Ni siquiera recordás tu voz, y, un tiempo después, hasta se te olvida el lenguaje. Tu nombre ya no existe. Estás en blanco.
La esquina de la habitación que hace las veces de baño comienza a ganar terreno a medida que tu cuarto carente de limpieza, se va tornando de un tono nauseabundo. El aire, cada vez más viciado, casi que se puede ver. Un olor putrefacto es bastante bien tolerado gracias a la desmesurada altura del techo, pero invoca a la incomodidad extrema.
Ya no pensás en salir, solo seguís las reglas del juego sin esperar el más mínimo cambio, y es así que vas perdiendo tu humanidad. Desde hace largo rato no te surge siquiera el impulso de masturbarte, una idea carnal que te remita a lo más animal de tu ser. Transitás el tiempo sin medidas solamente durando. Ya no te dás a la actividad del pensamiento. Escasos signos dan cuenta de tu condición de ser vivo.
En algún momento, mirándote las manos, comenzás a ver arrugas, y después ves canas en tu vello corporal. No podés creerlo, parece mentira, pero aparentemente estás ahí desde hace años. La desesperación que te empujaba más y más a la panacea del suicidio fue vencida por la desesperación de no encontrar forma de suicidarte y, finalmente, por la resignación. Te desmayás otra vez.
Al despertar, ves a tu esposa durmiendo desnuda a tu lado en la cama, y la lluvia y el cielo gris en la ventana. Respirás el fresco aire acondicionado. Sentís el calor del otro cuerpo, y oís su aliento entre sueños, te ves la piel de las manos tersa y joven. Abrís el cajón de tu mesita de luz, sacas un revolver y te volás la tapa de los sesos.