miércoles, 1 de febrero de 2023

Demasiados recovecos...

     Demasiados recovecos, que ya no se por dónde.

    Es difícil empezar, pero una vez que se da el primer paso, es como abrir la ventana por la mañana y recibir con las fosas abiertas el suspiro del viento fresco lleno de luz que deja entrever el laberinto.

    Es difícil empezar. En principio por ese charco de lodo espeso que se junta en la entrada. Los pies se hunden en ese menjunje de tierra, humedad, polvo de hojas secas y raíces viejas.

    Hasta las rodillas, cuando te querés dar cuenta, pero el aire fresco vuelve a rozar tu cara, tu frente, tus orejas. Se cierran los ojos y resuena en el interior una palabra de aliento. Una palabra que no existe, pero se parece a una firme palmada en la espalda, a una mirada atenta que despierta el fuego contento que habita tu ombligo, y te hace saltar.

    Entonces un sol profundamente violeta corona tu entrecejo. Brilla, y es más hermoso de lo que recordabas. Siempre más brillante. Tanto que da cosquillas en el iris, en la pupila que se hunde hacia dentro.

    Y ocurre, el primer paso hacia la infinitud del tiempo/espacio. Hacia la pregunta que tira de tu pecho. Hacia cada recoveco.

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    La duda, rápidamente, se convierte en dudas. Multiplicándose, me abruman hasta paralizarme, haciendo que me enrede en mí mismo. Afortunadamente, ya crecí, soy grande, y tengo experiencia. Sé que en la batalla de mí conmigo mismo siempre seré victorioso; por lo que me doy ánimos, despejo mi escritorio y me dispongo a poner las cosas en movimiento.

    Por supuesto, mover la quietud tiene sus dificultades; la búsqueda de lo bueno no puede darse más que a través de lo que parece existir para desanimarme y darme miedo -aún disfrazado de seguridad, comodidad, o placeres-.

    La pregunta aparece por vez primera.

    Me desnudo. Me toco, reconociéndome. Me pienso, conociéndome, viendo todo lo que he cambiado, y vislumbro cómo todo lo que creía que había sucedido, que se había dado, no se dió, no sucedió: fue mi ímpetu, que, en su momento, aburrido de mis parálisis, encontró otro camino para surgir.

    Ahora soy yo quien marca el paso, quien desmaleza haciendo camino, y al andar pruebo frutas que se me figuran apetitosas. Me encuentro amarguras, me pierdo de mieles, de vez en cuando, también, me canso.

Espíritu y huesos

Se mueven.

Hacia todas direcciones

Se separan,

Se alejan.

Más crecen,

Por alejarse de sí mismos;

Y, porque crecen, se acercan.

Abarcan.

Soportan.

Sostienen.

Hay algo que los une;

Algo que más discernible resulta

Mientras más logran crecer

Vestigio animal sobreviviente

Que viene a irrumpir en la desnaturalización.

Pulsión vital que evidencia

El cotidiano estado mortuorio.

Devenir del ente:

Despojado,

Artificioso,

Inquieto...

Y la dicotomía

¿Naturaleza o realidad?

¿Comodidad? ¿Adaptación?

¿Propia o ajena?

¿Justicia o mal menor?

¿Soledad libre

O comunidad opresora?

Y la preguntam

La eterna pregunta

-Probablemente la primera,

Quizás la última-:

¿Por qué?

Se alejan tanto de sí mismos

Que no les queda más

Que encontrarse

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Se mueven

En todas direcciones

Se alejan

Tanto que se acercan

Son uno

Uno que no deja de crecer

Conectan

Sostienen

Pesan

Se disuelven

Se desintegran

Tanto que se integran

Al todo

Y al siempre

A todas las épocas

Desde la libertad infinita de la naturaleza

Hasta la opresión concreta del presente

Desde la profunda soledad del ente consciente

Hasta la lejanía en comunidad de los seres

¿Por qué?

No hay más respuesta

Que la dicotomía innata de la existencia

Lo natural y lo que deviene

Lo primero y el hoy