Un ominoso sol negro se ahoga entre pesados nubarrones. Ápices
de viento acarician el suelo, barriéndolo de hojas como arañas muertas.
Una invisible capa de calor húmedo aplasta la madrugada hasta hacerla
crujr. El aire da paso al vacío, extinguiendo toda forma de vida,
salvando la inmortalidad del fuego bizantino del sueño. El asfalto
desolado hierve de frío y lluvia. Vaticinio. Una inminente tristeza
asoma en el horizonte junto al astro apagado.
Inesperadamente, el silencio irrumpe, y se abstrae del silencioso ruido.
Uno, dos, tres minutos con los labios cerrados. Una, dos, tres, cuatro
veces con los labios juntos. ¡Que hermosa forma de empezar el día!
jueves, 12 de septiembre de 2013
Aquelarre
Alberto corría, gritaba, lloraba, escapaba del suelo. Mi voz
quebraba y se quebraba en el silencio que moría. Alberto no entendió la
parte superior, y cayó. Cayó, más no calló. Vivió cada momento gritando,
desde el fondo. Gritó, jugó, cegó con su mirada ciega. No, no puedo
ver. ¡No! ¡No puede ser! Grito, canto, aúllo, exploto, caigo, me
quiebro. Yo seré el animal, vos serás mi dueña.
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