jueves, 14 de septiembre de 2017

Las notas de un bronce revientan de entre las nubes

Gabriel,
dejame oirte.
Deja al mundo escuchar tu grosso concerto.
Haz sonar, Gabriel,
estridente tu broncinea trompeta.
Libera, vencedor, al arco;
a la beligerante espada;
a la hambrienta bascula.
Libera a la peste,
cadaverico jinete,
que empuñando su guadaña juzgara,
al oir tu llamado,
Gabriel,
cual despotica Señoria,
y a todos dictara su funesta sentencia.

Ejecuta, Gabriel, fortissimo,
tu obertura final,
y da comienzo, por fin,
a tu ultimo concierto.

Museo muerto

     Caminar por las tumultuosas calles de tan enorme ciudad, esquivando vampirezcas travestis de metro noventa, con enormes senos siliconados y atizbos de barba; luchando y perdiendo contra la humedad que desde el rio vuelve el aire viscoso y espeso, y la pesadez de treinta y seis grados apagando los sentidos mientras se respira mas humo que oxigeno.
     La ruta de la droga se encauza en una gran avenida y desemboca en Plaza Miserere, comiendole la cabeza a los nenes, que nunca jamas pudieron jugar. Da miedo que de miedo la policia, y mas miedo da que de miedo el Estado.
     Unos se mueren de hambre, otros de angustia, algunos de droga, policia o desamparo. Buenos Aires, pandemonio, ¿como es que sigo queriendote?

martes, 30 de mayo de 2017

Autogestión y Libertad

Son las siete de la tarde, ya es de noche, y el viento enfría las calles de la Ciudad de Buenos Aires. Palermo se prepara para un fin de semana de bullicio, alcohol, comida, música en vivo, y mucho dinero. Allí está el centro de la escena emergente. ¿O acaso esa imagen también está preparada? Mientras un joven músico, salido hace apenas unos años de la escuela secundaria, se sube a un colectivo con su guitarra electroacústica y una mochila cargada para aguantar hasta bien entrada la madrugada, tizas de colores dibujan supuestas promociones: "Cerveza Verde 1lt $120", "2 vasos Fernet $100" "Empanadas $25".
El músico no tiene un trabajo fijo. Tocó en el tren, en plazas, a alguien le faltaba alguien para alguna fechita aislada, da clases a unos pocos alumnos, ayudó en alguna cocina amiga para una reunión, vendió pan relleno en marchas, o torta en el parque Saavedra, alguna changa de electricidad que le quedó del colegio técnico. El músico, sobre todo, estudia. Mucho.
Son las nueve de la noche, y en los bares y centros culturales del centro de la escena ya abren la velada solistas con guitarras acústicas, dúos con cajón peruano, recitadoras, fotógrafos, pintoras y dibujantes. La pizza casera -más bien fina, más bien chica- sale en tablas desde las cocinas, acompañada de litros y litros de cerveza. Un poquito más tarde, una o dos empanadas para completar, y dos vasos de roncola. La primera banda está por subir al escenario.
El músico, sentado en un banco de plaza, abre su mochila, saca un tupper y una botella con agua, que recargará varias veces a lo largo de la noche, y cena. Camina hasta un pasaje, toca el timbre de una casa desde donde salen risas y murmullos, le abren la puerta y entra. Deja su mochila en un cuartito, y en un instante se pone en plena actividad: saluda a los otros jóvenes músicos participantes, charlan, se dividen tareas, disponen las sillas, cuelgan adornos, enfocan luces, terminan de armar el escenario (cada cual trajo equipos, todo se comparte), prueban velozmente sonido.

“Entrada gratis, consumición obligatoria (incluidos músicos)”, “No se puede ingresar con comida ni bebida, la idea es que consuman -¿también los músicos? ¿No nos dan de comer?- Los músicos tienen un chopp de birra por persona”, “Tenés que rendirme una hora antes del show”, “A partir de cubrir veinticinco entradas te damos 70/30”. La gente va y viene del saloncito con escenario, escucha un tema, sale, se queda en la puerta, charlando a los gritos con un vaso en la mano. Por encima de la música -y las voces-, los parlantes de la barra del fondo van en aumento a medida que la noche avanza, que el alcohol actúa, que el alcohol se vende. Pocos quedan ya en el saloncito. El centro cultural de música en vivo del centro de la escena emergente de la ciudad muestra su verdadera cara: un bar donde nadie controla la venta de entradas, donde la venta de alcohol es más importante que cualquier otra cosa, donde poco y nada importa la banda, su tiempo, y su dinero, invertidos en clases, viajes, instrumentos y accesorios, en ensayos, en estudio, en pasión. La noche cierra y a la banda no solo no la alimentaron y pretendían que pague por ello, no solo no le pagan lo que le corresponde porque nadie controló los ingresos, sino que encima quieren cobrarle porque no llevó un (no pactado, impuesto a posteriori) mínimo de gente -amén de que, si todos los participantes de la noche llevaban ese mínimo, el establecimiento vería sobrepasada su capacidad limitada de personas-. La banda se va derrotada, casi sin dinero, bastante hambrienta, aunque masticando bronca.

El músico empieza a oír los primeros timbres, y recibe con una sonrisa a los invitados, que pasan gratis. La gente se multiplica sin desbordar, cena pizza y cerveza baratas, fuman y conversan bajito en el patio, hasta que anuncian que comienza la música. Entran, se ubican dónde pueden, escuchan con un silencio respetuoso y aplauden con una cálida alegría, sacan fotos, abrazan, charlan con los músicos -que también se quedan a disfrutar de la noche posterior al show, tomando roncola o fernet-. Pasa una gorra por el público y vuelve al escenario. La gente de la casa saluda a los músicos-organizadores, contenta porque la barra popular se vació, y abre el espacio para futuras presentaciones. El músico vuelve a su casa de madrugada, cansado, con la satisfacción de un show bien dado, con la felicidad de una bella noche, y con el dinero que le corresponde en el bolsillo.

El centro de la escena emergente somos los músicos, autogestionando. Somos los locales que no nos aprovechamos de los artistas. Somos el público, participando -y aprovechando- en humildes noches independientes. Somos los blogs, páginas y divulgadores del verdadero circuito. Somos los laburantes. Todo lo demás es solo un nuevo diente del explotador engranaje del negocio de la música. Solo la autogestión nos hará verdaderamente libres.

viernes, 17 de marzo de 2017

Pantagruelico festin

Oigo los musculos gemir
Sobre el metal ardiente
Veo la sangre empezando a hervir
Y se que hoy no habra sobreviviente

La grasa gotea
La llama se eleva
Pronto mis dientes
La carne van a desgarrar

Nada va a quedar

Llego a los organos al fin
Con mi cuchillo hiriente
Frente a mis fauces, pantagruelico festin
Y ya me inunda el olor de la muerte

Mis ojos se inyectan
Mi estomago grita
Lo sienten mis dientes:
La carne empiezo a desgarrar

Nada va a quedar

La sangre de Cristo para acompañar