Son las siete de la tarde, ya es de noche, y el viento enfría las calles de
la Ciudad de Buenos Aires. Palermo se prepara para un fin de semana de
bullicio, alcohol, comida, música en vivo, y mucho dinero. Allí está el centro
de la escena emergente. ¿O acaso esa imagen también está preparada? Mientras un
joven músico, salido hace apenas unos años de la escuela secundaria, se sube a
un colectivo con su guitarra electroacústica y una mochila cargada para
aguantar hasta bien entrada la madrugada, tizas de colores dibujan supuestas
promociones: "Cerveza Verde 1lt $120", "2 vasos Fernet
$100" "Empanadas $25".
El músico no
tiene un trabajo fijo. Tocó en el tren, en plazas, a alguien le faltaba alguien
para alguna fechita aislada, da clases a unos pocos alumnos, ayudó en alguna
cocina amiga para una reunión, vendió pan relleno en marchas, o torta en el
parque Saavedra, alguna changa de electricidad que le quedó del colegio técnico.
El músico, sobre todo, estudia. Mucho.
Son las nueve de la noche, y en los bares y centros culturales del centro
de la escena ya abren la velada solistas con guitarras acústicas, dúos con cajón
peruano, recitadoras, fotógrafos, pintoras y dibujantes. La pizza casera -más
bien fina, más bien chica- sale en tablas desde las cocinas, acompañada de
litros y litros de cerveza. Un poquito más tarde, una o dos empanadas para
completar, y dos vasos de roncola. La primera banda está por subir al
escenario.
El músico, sentado en un banco de plaza, abre su mochila, saca un tupper y
una botella con agua, que recargará varias veces a lo largo de la noche, y
cena. Camina hasta un pasaje, toca el timbre de una casa desde donde salen
risas y murmullos, le abren la puerta y entra. Deja su mochila en un cuartito,
y en un instante se pone en plena actividad: saluda a los otros jóvenes músicos
participantes, charlan, se dividen tareas, disponen las sillas, cuelgan
adornos, enfocan luces, terminan de armar el escenario (cada cual trajo
equipos, todo se comparte), prueban velozmente sonido.
“Entrada gratis, consumición obligatoria (incluidos músicos)”, “No se puede
ingresar con comida ni bebida, la idea es que consuman -¿también los músicos?
¿No nos dan de comer?- Los músicos tienen un chopp de birra por persona”, “Tenés
que rendirme una hora antes del show”, “A partir de cubrir veinticinco entradas
te damos 70/30”. La gente va y viene del saloncito con escenario, escucha un
tema, sale, se queda en la puerta, charlando a los gritos con un vaso en la
mano. Por encima de la música -y las voces-, los parlantes de la barra del
fondo van en aumento a medida que la noche avanza, que el alcohol actúa, que el
alcohol se vende. Pocos quedan ya en el saloncito. El centro cultural de música
en vivo del centro de la escena emergente de la ciudad muestra su verdadera
cara: un bar donde nadie controla la venta de entradas, donde la venta de
alcohol es más importante que cualquier otra cosa, donde poco y nada importa la
banda, su tiempo, y su dinero, invertidos en clases, viajes, instrumentos y
accesorios, en ensayos, en estudio, en pasión. La noche cierra y a la banda no
solo no la alimentaron y pretendían que pague por ello, no solo no le pagan lo
que le corresponde porque nadie controló los ingresos, sino que encima quieren
cobrarle porque no llevó un (no pactado, impuesto a posteriori) mínimo de gente
-amén de que, si todos los participantes de la noche llevaban ese mínimo, el establecimiento
vería sobrepasada su capacidad limitada de personas-. La banda se va derrotada,
casi sin dinero, bastante hambrienta, aunque masticando bronca.
El músico empieza a oír los primeros timbres, y recibe con una sonrisa a
los invitados, que pasan gratis. La gente se multiplica sin desbordar, cena
pizza y cerveza baratas, fuman y conversan bajito en el patio, hasta que
anuncian que comienza la música. Entran, se ubican dónde pueden, escuchan con
un silencio respetuoso y aplauden con una cálida alegría, sacan fotos, abrazan,
charlan con los músicos -que también se quedan a disfrutar de la noche
posterior al show, tomando roncola o fernet-. Pasa una gorra por el público y
vuelve al escenario. La gente de la casa saluda a los músicos-organizadores,
contenta porque la barra popular se vació, y abre el espacio para futuras
presentaciones. El músico vuelve a su casa de madrugada, cansado, con la satisfacción
de un show bien dado, con la felicidad de una bella noche, y con el dinero que
le corresponde en el bolsillo.
El centro de la escena emergente somos los músicos, autogestionando. Somos
los locales que no nos aprovechamos de los artistas. Somos el público,
participando -y aprovechando- en humildes noches independientes. Somos los blogs,
páginas y divulgadores del verdadero circuito. Somos los laburantes. Todo lo
demás es solo un nuevo diente del explotador engranaje del negocio de la música.
Solo la autogestión nos hará verdaderamente libres.