jueves, 31 de octubre de 2013

Isaac Bradbury

     Isaac Bradbury nació en el Estrecho de Bering en 1920. A lo largo de su vida ha escrito importantes críticas periodísticas tales como La Consagración de la Primavera Porteña: Viva Piazzolla, y Pina y la danza de la vida, alcanzando los más elevados reconocimientos por parte de sus colegas alrededor del mundo.
     A los quince años de edad, sus padres se divorciaron a causa de sus ideologías opuestas. De padre astronauta y madre, curiosamente para la época, ingeniera astrofísica, el primero se inclinó por la Unión de Repúblicas Socialistas Sovieticas en la carrera espacial, mientras que la última decidió virar hacia la NASA, en los Estados Unidos de América. Un Isaac adolescente apenas podía sobrellevar la idea de la separación cuando le preguntaron dónde quería vivir. Anonadado, respondió: "Voy a fundar mi lugar en Marte".
     Lo que parecía ser la continuación de los pasos de su familia pronto se volvó a la escritura. Bradbury era poco comunicativo con los jóvenes de su edad, y en la literatura encontró su espacio de expresión. Luego de publicar tres cuentos de ciencia ficción en un diario barrial, decidió pedir trabajo allí mismo, y lo consiguió sin más problemas. El diario Sol Naciente lo empleó finalizando su ultimo año de enseñanza media, y es asi como se introdujo en el periodismo. Tras unos años subsistiendo gracias a cuentos publicados y el pobre trabajo en el pequeño diario, fue descubierto por su mentor, John Lee Hook, un balalaikista de muy poca fama quien se hacía el día a día con críticas musicales para Oblivion, uno de los diarios mas populares del país. Hook lo presentó en Oblivion como "el mejor joven escritor en cincuenta años" e inmediatamente pidió para el joven Isaac, ya con casi veinticinco años, un puesto de crítico artístico.
     Bradbury se sentía muy turbado, ya que nunca había escrito una crítica y temía defraudar a quien confió en él, pero el diario lo envió a cubrir eventos sin mayor importancia, lo que lo alivió de su temor inicial. Inesperadamente, las criticas de Isaac comenzaron a causar furor. Su literaria forma de escribir interesó al público del diario, y todo evento criticado por el muchacho se volvía famoso (para bien o para mal). Oblivion le ofreció un sustancioso aumento de sueldo y un ascenso, pero él se negó repetidas veces a lo largo de los años. Como el diario insistía, propuso que el dinero que pensaban darle fuera usado para enviarlo a cubrir los eventos que le interesaran, y es así, ya consolidado en su puesto, famoso y respetado, que tuvo su primera gran crítica mundialmente reconocida.


 La Consagración de la Primavera Porteña: Viva Piazzolla

     En 1970, Astor Piazzolla compone Primavera Porteña, y no estaba dispuesto a perdérselo. Presenta el proyecto en Oblivion y naturalmente es aprobado. Por primera vez en su vida, Isaac Bradbury emprende un viaje internacional que terminaría en una obra maestra sobre otra obra maestra. El artista que siempre vivió en él fue tocado en su fibra más íntima por Piazzolla, y no pudo más que escribir no una crítica, no un artículo perdiodístico, sino una verdadera obra literaria. Los lectores a lo largo y ancho del mundo quedaron maravillados ante la pasión y la emoción escritas en esas hojas de diario.


Pina y la danza de la vida

     Inesperadamente, apenas cinco años despues de este suceso en el mundo periodístico y artístico en general, el 3 de Diciembre de 1975, Pina Bausch coreografeó, justamente, la Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky. Nuevamente, Bradbury estuvo allí.
     La sorpresa, lo inimaginado. No solo la coreografía, sino también la escenografía, como la música se entrelazaba entre los cuerpos danzantes. Luego de un lustro, otra conmovedora primavera desató una ferviente locura irracional en el escritor, que volcó por primera y única vez en la tapa de un diario su más exquisito arte. Sus lectores lo compraban y promocionaban como un libro nuevo, pero un libro solo no podría contener tanta magnificencia como el artículo en cuestión.


     En 2007, Isaac Bradbury, ya largamente retirado con ochenta y siete años y residiendo en Argentia junto a su pareja, llegó fortuitamente a un teatro por mera curiosidad, y dió la casualidad de que en apenas media hora se estrenaría la obra "Acassuso", de Rafael Spregelburd. Él no conocía al autor, ni había planeado ir al teatro ese día, pero seguramente por nostalgia, en cuanto se enteró de que era la primera vez que se representaría una obra no pudo resistirse. Compró una entrada y se acomodó en una butaca esperando el comienzo.
     La obra transcurrió, finalizó y todos ya terminaban de abandonar la sala cuando un crítico del diario X se acercó tímidamente y le preguntó si era "él". Bradbury rió ante la frase, y contestó afirmativamente. El joven no pudo contener la alegría e inmediatamente le agradeció por la belleza y la inspiración de sus obras. Isaac, ya viejo y cansado de las adulaciones, le pidió que por favor se detenga. En seguida sacó un papel, una birome, escribió una breve pero concisa crítica y se la entregó al muchacho. "Publicala en tu diario, pero titulala vos". Esa fue la frase que llenó el alma del joven crítico para siempre, y fueron las últimas palabras conocidas de Bradbury.
     Esa misma tarde-noche, volviendo a su hogar, un ciclista salió despedido del choque contra un colectivo de línea, aterrizando justo sobre la humanidad del escritor. Su viejo cuerpo no resistió el fuerte impacto, y murió antes de que llegara la ambulancia a auxiliarlo.
     Isaac Bradbury murió en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a los 87 años de edad, el 16 de Marzo de 2007. Su última crítica, Acassuso, una obra de teatro que no necesita ser actuada, fue publicada al día siguiente, junto a una página completa de homenaje.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Desnuda



     Abrió los ojos. Pestañeó. Bostezó mientras se desperezaba y pestañaba nerviosa. En menos de un minuto ya estaba levantada vistiéndose.
     Desayunó un café negro sin azúcar y tres cigarrillos. La casa era oscura y apenas entraba una pálida y mortecina pantalla de luz. Reticente, se puso a escribir en la penumbra. El piso viejo de madera sucia e hinchada sostenía hercúleamente el desorden y el polvo de años. Un millar de muebles decoraban con su muerta inmovilidad el amplio espacio que de otra manera permanecería vacío, hueco. Madera por doquier, papeles en todo rincón. Papeles. Escritos a mano, impresos, recortados o arrancados de libros, revistas, papeles amarillos del tiempo y la humedad. Papeles, y cenizas de cigarrillo, y ahora las de uno más, mientras otro papel se cobraba la vida de la última lapicera. Qué trágica ocasión. Qué tristeza. Qué pereza.
     Tenía realmente muchas ganas de escribir, pero salir a la calle estaba fuera de toda consideración, así que se resignó, se levantó y abandonó la deprimente sala de estar-comedor-dormitorio. Caminó las descascaradas paredes del largo pasillo, haciendo crujir las tablas del piso al toque de cada planta de pie, hasta llegar al baño. Desmontó el jabonoso espejo, rescató una sucia cucharita de alguna gaveta y se sentó en la tabla de aglomerado inflado por el agua goteante del techo. Sacóse la vieja y amarillenta remera, revelando una piel tersa, hermosa, y muy cansada. Debajo de unos senos más bien pequeños, acorde a quien los lleva, huesudas costillas surgían de un abdomen puramente dérmico. Los brazos finos y largos presentaban marcas de todo tipo, la sangre seca se dibujaba en derredor de las heridas. En el extremo más alejado de antebrazos tan delicados, tan quebradizos a la vista, erguidas orgullosamente, dos deliciosas manos desamortajaban una cajita salida de detrás del espejo con especial cuidado y serenidad, a pesar de un leve temblor en el pulso.

     Abrió los ojos. Pestañeó. Temblando en su semidesnudez, se levantó, tomó el encendedor de dentro de alguna gaveta y prendió dos cigarrillos antes de buscar abrigo. Se vistió un viejo buzo gris y desayunó un café negro con mucho azúcar. Volvió al baño, mojo sus ojos, sus marcados pómulos, su seca boca con agua helada, empapándose el cabello, que, hermoso, dibujaba aún el laberinto del sueño. Enjuagó el negro de la cuchara y volvió a montar el espejo, más esto no duró. Ni bien colocó el vidrio, estirándose para asegurar la parte superior, vio su vientre debajo del buzo levantado. El llanto más solitario, más profundo, más desgarrador atravesó toda su columna en un escalofrío eterno, y escapó por unos ojos de agua. Se arrodilló, se tumbó hacia un costado, abrazándose, y no pudo hacer más, no pudo hacer menos que llorar, y llorar, y llorar, hasta caer desmayada.

     Despertó un Jueves, sin cigarrillos, y apenas pudo abrir los ojos. El piso del baño era frío, y estaba muy sucio. Las baldosas abrazaban el polvo hasta congelarlo. A los tumbos se levantó, penetró a través de un pequeño saloncito y llegó a la cocina casi vacía. Arrancó un trozo de pan y tomó los últimos pedazos de carne seca. Comió desesperadamente. Eructó todo el apresurado aire a medida que se servía un vaso del grifo y lo bebía. Caminó el pequeño cuarto de persianas cerradas, recorrió el pasillo arrastrándose en cada paso, alcanzó el ordenado caos de la habitación principal, y, solo entonces, inspiró largamente, y exhaló.
     Primero se sacó la ropa interior, una pierna, luego la otra, sin sentarse. Acto seguido, se deshizo del buzo, y se supo desnuda como nunca se había sentido. No era la ínfima brisa de aire viciado entre sus piernas, impactando con delicadeza en sus senos, lo que transmitía en sensaciones su desnudez. No. Era el baño.

     Colocó el tapón. Abrió el agua caliente a máximo, y un poco de agua fría. Vió su cadavérica sonrisa de resignación en un reflejo obscuro, difuso, poco claro. Desmontó el jabonoso espejo una vez más, tal y como lo había hecho antes.
     Una pausa.
     Cerró las canillas presurosamente, arrojó el espejo al sucio y helado piso y se acostó en la bañera. La madera de la puerta crujió en un amargo llanto. Pudo ver como un viento, casi una tempestad, abría de par en par los ventanales de su salón y daba vida a la amarilla colección de papeles que nunca nadie había leído jamás, haciéndolos volar en busca de alguien que los encuentre, alguien que pose sus ojos, su vista y su interés en ellos.
     Recorrió con manos ciegas cada ápice de piel. Sintió con las yemas de sus dedos su divinamente alborotado cabello, su cara, hundida en la flacura, su largo cuello. Se acarició los hombros, los brazos, los pechos. Apoyó sus palmas sobre los muslos y recorrió su entrepierna, bajando hasta las rodillas, y luego a las pantorrillas, los finos tobillos, los pies.
     Una lágrima se deslizó desde el ojo izquierdo. Sus bellas manos fueron las encargadas de ver la verdadera desnudez. Fueron ellas las que subieron las piernas, las que se toparon con la infame marca que subía desde el monte de venus hasta el ombligo. Fueron ellas las que reposaron a los lados de las caderas, mientras lloraba, y dormía.