jueves, 29 de noviembre de 2018

Desestetizar y liberar el cuerpo

Presentación de la obra

(Pixon Project, Sin título, 26 de Agosto de 2016)

“El proyecto Pixon presenta de forma irónica fotografías de desnudos
 femeninos que serían censuradas en Instagram por mostrar pezones.
A través  de la apropiación y manipulación, este proyecto comparte 
en la red social imágenes encontradas en internet, invirtiendo el
orden, pixelando la imagen y mostrando solo los pezones. De esta 
manera desafía a la comunidad de Instagram para explorar donde están
los límites de lo censurable, y plantea una reflexión sobre el tema de
la censura del cuerpo femenino en esta red social”.[1]



Análisis y propuesta


            La imagen pertenece al sistema artístico <fotografía>, dentro del mundo del arte, y es un artefacto creado por une artista para ser presentado ante un público dentro de este mundo[2]. Posee intencionalidad artística, que le confiere el carácter de obra[3], y el cuerpo humano está funcionando como material artístico a la hora de ser fotografiado[4]. El cuerpo es sacado de su contexto habitual, eliminando su finalidad práctica y propiciando su consideración estética, no meramente ornamental o sensible, sino que, mediante la adición del simbolismo –expuesto en la auto-descripción extraída del sitio de Pixon Project-, esta consideración estética es conceptual.[5] La imagen, entonces, es “(...) un signo, es decir un lugar de articulación de significados a descubrir mediante un esfuerzo de interpretación. El signo aquí estaría acentuando, fundamentalmente, la función significante. En este punto se produce la 'transfiguración' de la cosa en obra (...).". [6]

            Con esta imagen y este párrafo, he tratado de demostrar cómo el cuerpo humano, mediante su utilización para la creación de una obra artística, se estetiza; es decir, se prioriza lo estético por sobre la función práctica a la hora de emitir un juicio. Y es que resulta que todo es estetizable y permanentemente estetizado en los tiempos contemporáneos[7]. Pero… ¿Cómo afecta esto nuestra vida? Seguramente encontremos que, depende a que caso se aplique la pregunta, la respuesta será que afecta de manera positiva, negativa o indiferente; pero respecto al cuerpo, muchas veces encontramos, en boca de propios y ajenos, que éste es usado como la expresión de la propia personalidad, gustos, ideología, etc.. Dicho esto, pretendo reflexionar a partir de la siguiente cita de Groys:

"(...) Mucha gente ve a nuestra sociedad actual -la sociedad del diseño comercial, la sociedad del espectáculo- como un juego de simulacros detrás del cual no hay nada más que vacío. Y este es, de hecho, el modo en que esta sociedad se presenta a sí misma, para la perspectiva de alguien que asume una posición puramente contemplativa (...). Sin embargo esta posición pasa por alto el hecho de que el diseño actual se ha vuelto total, y por lo tanto ya no admite una posición contemplativa y exterior. Quedó probado que el giro que Loos anuncio en su momento se ha vuelto irreversible: cada ciudadano del mundo contemporáneo aún tiene que asumir una responsabilidad ética, estética y política por el diseño de sí. En una sociedad en la que el diseño ha ocupado el lugar de la religión, el diseño de sí se vuelve un credo. Al diseñarse a sí mismo y al entorno, uno declara de alguna manera su fe en ciertos valores, actitudes, programas e ideologías. De acuerdo con este credo, uno es juzgado por la sociedad y este juicio puede, por cierto, ser negativo e incluso amenazar con la vida y el bienestar de la persona involucrada"[8]

            ¿No es esta última oración lo que viven, por ejemplo, las mujeres en relación a su cuerpo y la heteronorma patriarcal? De ahí, justamente, que la obra por mi elegida toma todo el poder de su significación. Tendremos, entonces, fundamentalmente dos posibles posiciones a tomar: o bien cuestionar la toxicidad de ese juicio social desde dentro de las reglas de juego impuestas (es decir, diseñar contracultura dentro de los propios códigos de la cultura dominante)[9]; o bien, por el contrario, buscar trascender (en sentido de superar, dejar en el pasado) la cultura de la estetización total, entendiendo que ciertas cosas merecen no ser permanentemente estetizadas -a pesar de la posibilidad de hacerlo[10]-, lo cual implica cargar, hasta no alcanzar esa superación cultural, con la presión social de la ya establecida y dominante cultura. Me inclino a pensar que la opción segunda resulta, en su concreción final, más liberadora y saludable para la el cuerpo y la mente, más allá del sufrimiento que implique llegar a ese acabado, ya que desde la caverna de Platón sabemos que la transición de obscuridad/esclavitud-desde-la-ignorancia a iluminación/liberación-desde-el-conocimiento implica sufrimiento. Antes que adaptarnos al sometimiento insalubre de la estetización total y constante del cuerpo, apuesto por la deconstrucción de esta cultura. Esta, mi apuesta, por supuesto que no niega la posibilidad de estetizar el cuerpo humano –estaría negando lo que al comenzar afirmé-, ni considera este acto como insalubre en cada caso individual,  sino sólo cuando se da en la totalidad del conjunto de instantes, cuando la preocupación sobre el propio cuerpo en términos de salud está más ligada a aspectos psicológicos de autoestima que aspectos biológico-funcionales, cuando el cuerpo estético se torna predominante y permanentemente más importante que el cuerpo vivo.


Post Scriptum

El enfoque de este trabajo me surge a partir de ver, Instagram mediante, como cientos y cientos de mujeres autoproclamadas feministas –y no es mi intención negar que lo sean- componen, diseñan su persona pública, su perfil, casi enteramente por imágenes sexualizadas de su propio cuerpo (y no es que sea mi mirada machista que sexualice esos cuerpos, sino que son esas mismas personas quienes explicitan esa intención mediante, por ejemplo, el pie de foto). Encuentro esta mirada [de una sección] del feminismo como relativamente superficial, en tanto la liberación del cuerpo está o parece estar, como respuesta a años y años de represión de la sexualidad femenina y de no-pertenencia del propio cuerpo, únicamente ligada a la hiperexposición, a la hipersexualización, dando por resultado un cuerpo que, esta vez con consentimiento, continúa siendo permanentemente juzgado estéticamente, continúa siendo cosificado. Mi punto de choque no es, repito, con la posibilidad de disponer del cuerpo –menos aún del propio cuerpo- a una consideración estética en general, sino cuando este fenómeno permanece en cada instante del tiempo. Por eso escogí trabajar con Pixon Project, que reflexiona, justamente, con cómo el pezón femenino es tan permanentemente sexualizado que se censura, como si no fuera una parte del cuerpo sino únicamente un objeto sexual.




[1]Pixon Project., Descripción, http://pixonproject.tumblr.com/about, 11 de Noviembre de 2018
[2] "-Una obra de arte es un artefacto de una clase creado para ser presentado ante un público del mundo del arte.
-Un artista es una persona que participa con entendimiento en la confección de una obra de arte.
-Un público es un conjunto de personas, cuyos miembros estar preparados hasta cierto grado, para
comprender un objeto que les es presentado.
-El mundo del arte es la totalidad de todos los sistemas del mundo del arte.
-Un sistema del mundo del arte es un marco para la presentación de una obra de arte por un artista ante un público del mundo del arte". Dickie, George (1997). “Teoría institucional del arte” en Introducción a la estética, un acercamiento analítico. Nueva York. Oxford University Press, pp. 13
[3] "(...) Para que una propuesta sea reconocida como obra, es necesario que presente una intencionalidad dirigida a ello. (...) La intencionalidad artística, que confiere a una propuesta el carácter de obra, presupone la puesta en cuestión de la percepción habitual del mundo, así como de la inserción funcional y meramente comunicativa, también habitual, de las imágenes y los objetos en nuestra experiencia de vida". Jimenez, José (2002). “Componentes” en Teoría del arte. Madrid. TECNOS, pp. 114, 115
[4] "(...) Parte de los problemas nacen de plantear una pregunta equivocada, de no aceptar que una cosa puede funcionar como obra de arte en algunos momentos y no en otros. (...)". Goodman, Nelson (1978). ¿Cuándo hay arte? en Maneras de hacer mundos. Madrid. Visor, pp. 98
[5] "Al eliminar la finalidad practica o material de los objetos, al sacarlos de su contexto habitual, se propicia la consideración estética de los mismos, no en un sentido ornamental o sensible, sino en un sentido básicamente conceptual". Jimenez, José (2002). “Arte es todo lo que los hombres llaman arte” en Teoría del arte. Madrid. TECNOS, pp. 32
[6] de Gyldenfeldt, Oscar. ¿Cuándo hay arte? en Cuestiones de arte contemporáneo [Oliveras, Elena (2008]. Buenos Aires, Emecé,  pp. 33
[7] "Vattimo está particularmente atento al fenómeno de la herencia de las vanguardias por parte de las neo vanguardias de los años sesenta. En La sociedad transparente se refiere al pasaje de la utopía (de las
vanguardias) a la heterotopía de las neo vanguardias de la segunda mitad del siglo XX. Es el momento en que la obra -neo vanguardista- pasa a ocupar un lugar 'otro', diferente de los espacios tradicionalmente asignados. El campo del arte se amplifica, 'explota', se vuelve parte de la vida real dejando de ser un momento 'especializado', un 'domingo de la vida', como decia Hegel". Oliveras, Elena (2006).” La estética del fin de siglo” en Estética. La cuestión del arte. Buenos Aires. Emecé, pp. 330
[8] Groys, Boris (2010). “La obligación del diseño de sí” en Volverse público. Nueva York. Sternberg Press, pp. 33
[9] "Ahora (...) ya no podemos hablar de contemplación desinteresada cuando se trata de una cuestión de manifestación de Yo, de auto-diseño, de auto-posicionamiento en el campo estético, ya que el sujeto de la auto-contemplación claramente tiene un interés vital en la imagen que le ofrece al mundo exterior". Groys, Boris (2010). “La obligación del diseño de sí” en Volverse público. Nueva York. Sternberg Press, pp. 35
[10] "Loos quería traer el cielo a la tierra; buscaba ver las cosas como eran, sin ornamento alguno. Es decir que Loos buscaba apropiarse de la mirada divina. No solo eso, también quería que todos fueran capaces de ver las cosas tal como se revelaban ante la mirada divina. El diseño moderno espera el apocalipsis, un apocalipsis que revelara las cosas, les arrancara su ornamento y las mostrara tal como son en verdad". Groys, Boris (2010). “La obligación del diseño de sí” en Volverse público. Nueva York. Sternberg Press, pp. 26

sábado, 10 de noviembre de 2018

Breve ensayo sobre el gusto

Introducción

Un mito sobre nuestro país y sus habitantes es que sobre cualquier tema le argentine tiene opinión, y no sólo eso, sino que además “te tira la posta” –es decir, tiene LA opinión. Un poco de irreverencia, otro poco de cierto sentimiento moral de no acallar la propia manera de pensar, y la confianza de saber que somos les mejores del mundo, e inmediatamente nos encontramos improvisando cátedra sobre temas recurrentes en nuestra sociedad como la política, el deporte, el entretenimiento, y demás, en cualquier clase de reunión social. Ahora, ¿qué pasa cuando esto se traslada a la crítica sobre arte? Tensión: es inminente el conflicto entre la pretensión de universalidad de los juicios emitidos (“tirar la posta”) y una sociedad que constantemente busca polarizar (Boca/River, Sumo/Soda, etc.). Ante esta dicotomía surgen preguntas: ¿Estamos todos en igualdad de condiciones para juzgar una obra? ¿Los juicios de gusto son todos equivalentes, o hay mejores y peores? ¿Hay que conocer para que te gusten ciertos tipos de manifestaciones artísticas?


Desarrollo

Deberíamos empezar por aclarar que nos ocuparemos de los juicios sobre aquello que es objeto de lo que Pierre Bourdieu llama “consumos culturales”, es decir, los juicios estéticos sobre hechos artísticos. Más allá de la explicación sobre el por qué de la utilización de la palabra “consumo” –explicación que existe-, es deseable saber que para Bourdieu "el consumo es (...) un acto de desciframiento, de decodificación, que supone el dominio práctico o explícito de una cifra o de un código. En un sentido, se puede decir que la capacidad de ver es la capacidad del saber, o, si se quiere, de los conceptos, es decir, de las palabras que se tienen para nombrar las cosas visibles y que son como programas de percepción. La obra adquiere sentido y reviste interés sólo para quien posee la cultura, es decir, el código según el cual está codificada".[1] Nos posicionamos desde la conclusión kantiana que dicta que “Gusto es la facultad de juzgar un objeto o un modo de representación por una complacencia o displacencia sin interés alguno. El objeto de tal complacencia se llama bello”[2]. Entonces, considerando que hablamos de juzgar lo bello, y hablamos de juzgar incluyendo el punto de vista del consumo cultural –es decir, colectivo- en el análisis, necesariamente debemos avocarnos a juicios con pretensiones de universalidad, y no a un mero placer personal individual.

Pues bien, si deseáramos saber si un libro dado está bien encuadernado, la posibilidad de que lo examine un/a encuadernador/a, puesto que le consideramos “especialista”, nos parecería la opción óptima, pero ¡ah! en cuanto se trata de si su contenido es bello o no, allí caemos fácilmente en la trampa de la subjetividad como igualadora de toda opinión. No obstante, en cualquier discusión cotidiana sobre genios de nuestra cultura popular, muchas veces nos hemos visto confesando que “Charly escuchaba detalles imperceptibles”, y esto no refiere a la capacidad física de oír, sino a que su pensamiento abarcaba más aspectos a evaluar que el del resto; o “Spinetta es difícil de escuchar”. Si apreciar es difícil, no es imposible, sino que es potencialmente lograble, lo que supone la posibilidad de perfeccionar una capacidad de apreciación. El ser humano mejora sus capacidades mediante el estudio y la práctica, razón por la cual a la hora de identificar a une especialista observamos su curriculum vitae, que es la presentación formal de la calidad y cantidad de sus estudios, y la experiencia adquirida en la práctica en el campo de especialización.

Pensemos en una persona que sea capaz de analizar una obra musical desde el punto de vista de quien interpreta, de quien compuso, de quien dirige, si puede ubicar esa obra en un contexto histórico-musical (es decir, dentro de una corriente estética) y analizarla desde esa perspectiva. Será una persona capaz de emitir un juicio estético aceptablemente certero sobre esta obra. Luego, reflexionemos sobre la siguiente cita de Silvia Carabetta:
“Dice David J. Elliot, en coincidencia con Jean Molinó (1975), Bertil Sundin (2000) y Lucy Green (2001, 2003), que el pensamiento filosófico modernista sobre la música, establecido a mediados del 1700 en Europa y aún vigente, opera sobre algunas convicciones básicas que se asumen como un a priori, a saber: a) la música es un concepto unitario (un mundo de pureza y sonidos sublimes); b) toda la música puede ser evaluada por los mismos criterios universales; c) las grandes obras musicales exhiben la pureza de la música; d) la música clásica europea es el referente de la mejor música del mundo; e) existe una distinción básica entre rasgos auténticamente musicales y rasgos extramusicales.

Esta manera de comprender el arte en general y la música en particular, en sintonía con la concepción de “estética pura” de Bourdieu (1995, 1998, 2010), deriva entonces en la tendencia a analizar la música en sus supuestos elementos constituyentes, todos formales: melodía, armonía, ritmo, métrica, timbre, etc. Estos elementos son tratados como independientes entre sí e independientes de todo contexto sociohistórico, y su conocimiento y percepción, en palabras de Regelski, son considerados absolutamente necesarios para una respuesta estéticamente inteligente (2004: 4-6).”[3]
Pensemos ahora, que alguien que entiende una obra como docente, como historiadora, como filósofa, como política, como socióloga, es alguien que va a poder entender la cultura en sentido de consumos culturales inmersa dentro de la cultura en sentido etnológico, y esto permitirá la comparación con el consumo cultural de otras sociedades. Siendo que una obra artística puede encontrar la razón de su belleza dentro de sus detalles técnicos del lenguaje que la compone, pero también puede encontrarla en su grado de representatividad dentro de los campos pertenecientes a la cultura (en el sentido amplio del término) de una sociedad –por ej. la canción “Los Dinosaurios”, en la que su belleza escapa a los límites estudiables por la teoría musical-, el juicio de aquella persona que, sin perder precisión en la especificidad, posea un espectro de factores de análisis más amplio, tendrá mayor valor que el juicio de aquella persona que posea un espectro más acotado, debido a que la primera puede referenciar su sentencia a factores que la segunda deja fuera de su análisis, no por omisión sino por desconocimiento. Criarse asistiendo recurrentemente a conciertos de música contemporánea permite que los códigos de “a qué debería sonar” una obra de este estilo sean adquiridos más o menos intuitivamente, permitiendo una primera instancia de disfrute (disfrute que no es un sentimiento proporcionalmente popular o masivo con respecto a este estilo musical). Luego, de la mano del estudio teórico e histórico-estético, puede alcanzarse otra fase del entendimiento de esta rama de la música; entendimiento fundacionalmente requerido para intentar apreciar toda la profundidad de una obra: gracias a ese estudio teórico se incorpora a los esquemas de pensamiento, por ejemplo, que las vanguardias del siglo XX surgen en alguna medida como respuesta a cierto agotamiento del tonalismo. Si antes, intuitivamente y por mera frecuentación, uno era capaz de discernir a qué “debería sonar” una obra de música contemporánea, alcanzada la segunda fase de entendimiento lo que comienza a poder comprenderse es el por qué debería sonar de esa determinada manera. Le artista, en muchos casos, como el citado, exige al consumidor de su arte tener cierto conocimiento previo al momento de consumir para poder apreciar su obra en su total profundidad.

Un crítico ideal en los tiempos corrientes no puede estar condensado en un individuo: el flujo de información supera ampliamente la capacidad de una sola persona de incorporarla; pero aceptamos socialmente que a medida que su curriculum vitae demuestre más y mejor formación y experiencia, y más diversos puntos de enfoque, más capacitada está, y en consecuencia es más confiable a la hora de emitir un juicio.

“Cuando el crítico no posee delicadeza, juzga sin distinción y es afectado solo por las cualidades más palpables y evidentes del objeto: los detalles más nobles le pasan desapercibidos. Cuando no es ayudado por la práctica, su veredicto se halla acompañado de confusión y duda. Donde no ha empleado ninguna comparación, las bellezas más frívolas, que en realidad merecen el nombre de defectos, son objeto de su admiración. Donde se encuentra bajo la influencia del prejuicio, todos sus sentimientos naturales se ven pervertidos. Cuando carece de buen sentido, no está capacitado para discernir las bellezas del diseño y del razonamiento, que son las más altas y excelentes.

La mayoría de los hombres opera bajo una u otra de estas imperfecciones y, por lo tanto, encontramos que un juicio verdadero en las artes nobles, hasta en las épocas más cultas, está lejos de ser un referente. Solo el sentido fuerte, unido al sentimiento delicado, mejorado por la práctica, perfeccionado por la comparación y purgado de todo prejuicio, puede proporcionar a los críticos este valioso referente. Y el veredicto a él unido, si es que puede ser hallado, es el verdadero criterio del gusto y la belleza.”[4]

Conclusiones

Aceptamos en la vida cotidiana, entonces, que hay gente cuyo pensamiento abarca más aspectos a evaluar que el de otres, y que hay gente que decodifica mejor y con más facilidad estos aspectos a evaluar. El curriculum legitima socialmente una superioridad respecto al conocimiento específico, y ésta es potencialmente lograble mediante el estudio y la práctica. Nos encontramos, por lo tanto, en condiciones de afirmar que hay personas mejor capacitadas para emitir un juicio que otras a la hora de evaluar la materia en cuestión para obtener una interpretación con pretensión de ser objetiva, y, en consecuencia, aceptamos que se pueden, en efecto, emitir juicios mejores o peores. Encontramos, por último, que ciertas manifestaciones artísticas exigen desde su concepción la participación ya no pasiva y expectante de quien las consuma, sino un rol activo, pensante y relacionante, y ciertos conocimientos previos al momento de consumo para poder llevar a cabo estas relaciones. Esta situación obliga a aceptar que, si bien puede haber un deleite intuitivo y superficial desde el desconocimiento, hay que conocer para que te gusten ciertas manifestaciones artísticas.







[1] Bourdieu, Pierre (2010) "Consumo cultural", apartado "Código y capital cultural", en El sentido social del gusto. Buenos Aires. SXXI, pp. 232,233
[2] Kant, Immanuel (1992) “Comparación de las tres clases específicamente diversas de complacencia”, en Crítica de la facultad de juzgar. Venezuela. Monte Ávila Editores, p. 128
[3] Carabetta, Silvia (2014). “Perspectivas filosóficas de la educación musical” apartado “La estética pura”, en Ruidos en la educación musical. Buenos Aires. MAIPUE, pp. 31, 32
[4] Hume, David (2003). “Del criterio del gusto”, en De la tragedia y otros ensayos sobre el gusto. Buenos Aires. Biblos, pp 62, 63

Creatividad

El arte, considero, es en el fondo fruto del trabajo; lo cual no niega que un momento de inspiración pueda haber formado parte del proceso creativo, sea como disparador o desarrollador del contenido artístico[1]. Cuando Jung afirma que “la creación de algo nuevo no se logra con el intelecto, sino por el instinto lúdico que actúa desde una necesidad interior. La mente creativa juega con los objetos que ama”[2], desconoce que aquellos ‘objetos amados’ con los que la mente creativa juega, pueden ser –y, me atrevería a afirmar, en su gran mayoría son- objetos del intelecto, creados y/o disfrutables por él: palabras, relaciones interválicas (de tiempo, de frecuencias, etc.) y demás. Debemos necesariamente considerar que, en normas generales, la raza humana posee los mismos atributos físicos de captación de sonido o imágenes, por lo que el entender o no un lenguaje escrito u oído (sea lenguaje hablado o lenguaje musical) debe ser considerado una actividad de decodificación del intelecto. Que ese acto de decodificación sea consciente o intuitivo es lo que diferencia a aquellas personas que son capaces de perfeccionar su agudeza creativa racionalmente de aquellas que confunden la intuición creativa con inspiración. “Muchas veces, entre los jóvenes músicos, deambula una noción espontaneísta de la composición, como una ilusoria combinación de magia, azar y don, que tiene sus raíces en el mito social de la inspiración. Así, las ganas desplazan a la voluntad, la sensorialidad reemplaza a la sensibilidad, la intuición obstruye a la imaginación y lo furtivo fractura a lo continuo. Entonces la idea de parir música se impone a la idea de crear, gestar, criar música. (…) Creyendo que cortan el hilo por lo más delgado fisuran la arteria que los une con el sueño que soñaron.”[3] “Lo cierto es que la originalidad (...) no es en manera alguna, como suponen muchos, cuestión de instinto o de intuición. Por lo general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente.”[4]

Si bien me he encargado de contradecir a Jung –acto nada menor-, deseo rescatar de la cita su comienzo: “la creación de algo nuevo (…)”. Contrasto ahora este material, al que no he adherido, con la cita de Poe, cuyo material he tomado como piedra fundacional de mi posición sobre el tema de la creatividad; y encuentro, también al comienzo de la cita (“Lo cierto es que la originalidad (...)”), una coincidencia entre estos dos textos, que me incita a entender  a la creatividad (artística) como la búsqueda de creaciones originales; dentro de alguna corriente estética previamente definida, o aún en la génesis de la definición de una nueva. Si bien puede haber hechos fortuitos, externos o internos-no-autoconscientes, que, como comencé diciendo, puedan haber disparado el inicio o el desarrollo de un proceso creativo, evidentemente, si las herramientas utilizadas en ese impulso, los ‘objetos amados’, son aquellas recopiladas por el intelecto, entonces es posible una deconstrucción. De esa deconstrucción resultará  el trabajo creativo interno, que posibilitará nuevas construcciones, iguales o diferentes a las viejas, según sea la voluntad. Mientras tanto, el trabajo creativo externo es la incorporación de las herramientas con las que la creatividad se valdrá (técnicas, trabajo creativo ajeno[5], modos de pensar, etc.). Sin la combinación de ambos, la creatividad estará supeditada a un fortuito relámpago de combinaciones cognitivas y musculares, que puede nunca llegar a darse.
Pienso en “El Artista”[6]: El viejo encuentra, ante su silencio del habla, otro canal de expresión. ¿Expresión de qué? De su interior, que primero exterioriza lo que puede con lo que tiene al alcance; luego, con más medios a disposición, profundiza en lo ya abarcado; al sentir el agotamiento de la originalidad, deja de expresarse, por no producir meras repeticiones; y, por último, vuelve a encontrar la creatividad, en parte con propias expresiones previas, en parte con nuevas herramientas. El proceso creativo y el concepto de originalidad no muestran verse referidos a, ni afectados por, concepciones del mundo cultural –nada en la película relaciona al viejo con el mundo del arte hasta el comienzo de la convivencia con el otro protagonista, ni, una vez comenzada ésta, le son acercados materiales intelectuales (conocimiento teórico, métodos de práctica, ejemplos de obras de arte contra las cuales contrastar la propia producción)[7]-, sino que es el mundo cultural quien, a posteriori, reconoce respecto a sí mismo originalidad creativa en esa producción artística.


[1] El genio puede entrar en ese estado bien por su propia voluntad, bien bajo una influencia exterior cualquiera (a este propósito se citan los buenos servicios que ha rendido una botella de champaña).” -Hegel, Friedrich.  Introducción a la estética
[2] Jung, Carl Gustav. 1930. Psicología y Poesía.
[3] Capellano, Ricardo. Microartículo 16. (En línea) Buenos Aires. Conservatorio de Música “Juan Manuel de Falla”, sitio “Ricardo Capellano”, disponible en: https://cmfalla-caba.infd.edu.ar/sitio/ricardo-capellano/#dieciseis, consultado el 10 de Septiembre de 2018
[4] Poe, Edgar Allan. 1846. Filosofía de la composición. Filadelfia, E.U.A. Revista “Graham’s Magazine”.
[5] Johnson, Steven. ¿De dónde vienen las buenas ideas? (en línea) disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=AC2zhkhCf2M, consultado el 10 de Septiembre de 2018
[6] Película de Cohn-Duprat de 2008
[7] "El artista 've' donde otros no ven (...), mientras que 'la mayoría de la gente ve con el intelecto mucho más a menudo que con los ojos' (IMLV, p.27). (...) Así perdemos de vista la inmensa gama de sensaciones cambiantes que procuran los objetos, puesto que, a medida que cambiamos de lugar, a medida que cambiamos el ángulo de visión, las formas, colores y sombras cambian sin que lo notemos.
El artista estará siempre atento a los más sutiles cambios del mundo sensible. Cézanne hablaba de la importancia de 'ver como un recién nacido', sin memoria, sin libros, sin museos (…)." –Oliveras, “La teoría de la construcción en Valéry”, sección “El ostinato rigore”, en Teorías sobre la creatividad