Espeso e imperturbable, encuentra en mis labios uno de sus extremos un hilito de baba, transparente, perfectamente visible. El aire lo mece sin cortarlo, y una tenue luz de velador exhalta un brillito timido que permite distinguirlo entre la inmutabilidad de la tibia habitacion, mientras, por el ventanal, el sol se escurre entre nubes rosaceas.
Viajan, colgadas con cuidado del hilito, las locuras delirantes del deseo, embravecidas de calma, que encuentran en un lecho de ternura un instante para respirar -¡si no me ahogo!-, una pausa en la ceguera total, en la que veo hasta lo que se calla.
Mi lengua, como con ocho diestras patas, teje su telaraña, buscando el alimento del alma; y el hilito, resistiendo giros, espasmos y temblores, encuentra su otro extremo en medio de tus muslos, que aprietan mi cabeza.
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