Sentado, con Cramer detrás de mi dolida espalda, me ahogo en el humo de un colectivo, a veces real, a veces imaginario. Saboreo el hambre del mediodía y veo los colores de la mochila de Emi, el monocromo de la mochila de Emi, tinta que, a la espera de ser parte de bellos poemas, hermosos sonetos o angelicales cuentos infantiles, terminó chocando contra un sweater.
Mi pelo al viento tapa parcialmente al edificio que se yergue frente a mi. ¿Qué tan lindo es descubrir lo bonito de un símbolo, aún cuando lo que éste representa choca de frente contra mis creencias propias? ¿Qué tan horripilante es ver la cara del perro que me mira a los ojos con gesto amable mientras su dueña tironea de la correa hablando por celular?
El loop infinito del transito me deprime casi tanto como el pasado en el olor de un cigarrillo, pero me permite reflexionar, escribir y describir esta escena de mediodía de jueves como si estuviese pintando con acuarelas: claro, pero un poco incomprensible si quien lee no es quien escribió. A fin de cuentas, si no escribo me vuelvo loco.
Conservo en mi boca sensaciones: gusto, tacto.
Veo el monocromo de la mochila de Emi.
Huelo felicidad, no se bien en qué. En el aire.
Esto es parte de una pequeña seguidilla de cosas que escribí en el Taller de Escritura del colegio
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