Un mito sobre nuestro país y sus habitantes es que sobre cualquier tema le argentine tiene opinión, y no sólo eso, sino que además “te tira la posta” –es decir, tiene LA opinión. Un poco de irreverencia, otro poco de cierto sentimiento moral de no acallar la propia manera de pensar, y la confianza de saber que somos les mejores del mundo, e inmediatamente nos encontramos improvisando cátedra sobre temas recurrentes en nuestra sociedad como la política, el deporte, el entretenimiento, y demás, en cualquier clase de reunión social. Ahora, ¿qué pasa cuando esto se traslada a la crítica sobre arte? Tensión: es inminente el conflicto entre la pretensión de universalidad de los juicios emitidos (“tirar la posta”) y una sociedad que constantemente busca polarizar (Boca/River, Sumo/Soda, etc.). Ante esta dicotomía surgen preguntas: ¿Estamos todos en igualdad de condiciones para juzgar una obra? ¿Los juicios de gusto son todos equivalentes, o hay mejores y peores? ¿Hay que conocer para que te gusten ciertos tipos de manifestaciones artísticas?
Desarrollo
Deberíamos empezar por aclarar que nos ocuparemos de los juicios sobre aquello que es objeto de lo que Pierre Bourdieu llama “consumos culturales”, es decir, los juicios estéticos sobre hechos artísticos. Más allá de la explicación sobre el por qué de la utilización de la palabra “consumo” –explicación que existe-, es deseable saber que para Bourdieu "el consumo es (...) un acto de desciframiento, de decodificación, que supone el dominio práctico o explícito de una cifra o de un código. En un sentido, se puede decir que la capacidad de ver es la capacidad del saber, o, si se quiere, de los conceptos, es decir, de las palabras que se tienen para nombrar las cosas visibles y que son como programas de percepción. La obra adquiere sentido y reviste interés sólo para quien posee la cultura, es decir, el código según el cual está codificada".[1] Nos posicionamos desde la conclusión kantiana que dicta que “Gusto es la facultad de juzgar un objeto o un modo de representación por una complacencia o displacencia sin interés alguno. El objeto de tal complacencia se llama bello”[2]. Entonces, considerando que hablamos de juzgar lo bello, y hablamos de juzgar incluyendo el punto de vista del consumo cultural –es decir, colectivo- en el análisis, necesariamente debemos avocarnos a juicios con pretensiones de universalidad, y no a un mero placer personal individual.
Pues bien, si deseáramos saber si un libro dado está bien encuadernado, la posibilidad de que lo examine un/a encuadernador/a, puesto que le consideramos “especialista”, nos parecería la opción óptima, pero ¡ah! en cuanto se trata de si su contenido es bello o no, allí caemos fácilmente en la trampa de la subjetividad como igualadora de toda opinión. No obstante, en cualquier discusión cotidiana sobre genios de nuestra cultura popular, muchas veces nos hemos visto confesando que “Charly escuchaba detalles imperceptibles”, y esto no refiere a la capacidad física de oír, sino a que su pensamiento abarcaba más aspectos a evaluar que el del resto; o “Spinetta es difícil de escuchar”. Si apreciar es difícil, no es imposible, sino que es potencialmente lograble, lo que supone la posibilidad de perfeccionar una capacidad de apreciación. El ser humano mejora sus capacidades mediante el estudio y la práctica, razón por la cual a la hora de identificar a une especialista observamos su curriculum vitae, que es la presentación formal de la calidad y cantidad de sus estudios, y la experiencia adquirida en la práctica en el campo de especialización.
Pensemos en una persona que sea capaz de analizar una obra musical desde el punto de vista de quien interpreta, de quien compuso, de quien dirige, si puede ubicar esa obra en un contexto histórico-musical (es decir, dentro de una corriente estética) y analizarla desde esa perspectiva. Será una persona capaz de emitir un juicio estético aceptablemente certero sobre esta obra. Luego, reflexionemos sobre la siguiente cita de Silvia Carabetta:
“Dice David J. Elliot, en coincidencia con Jean Molinó (1975), Bertil Sundin (2000) y Lucy Green (2001, 2003), que el pensamiento filosófico modernista sobre la música, establecido a mediados del 1700 en Europa y aún vigente, opera sobre algunas convicciones básicas que se asumen como un a priori, a saber: a) la música es un concepto unitario (un mundo de pureza y sonidos sublimes); b) toda la música puede ser evaluada por los mismos criterios universales; c) las grandes obras musicales exhiben la pureza de la música; d) la música clásica europea es el referente de la mejor música del mundo; e) existe una distinción básica entre rasgos auténticamente musicales y rasgos extramusicales.Pensemos ahora, que alguien que entiende una obra como docente, como historiadora, como filósofa, como política, como socióloga, es alguien que va a poder entender la cultura en sentido de consumos culturales inmersa dentro de la cultura en sentido etnológico, y esto permitirá la comparación con el consumo cultural de otras sociedades. Siendo que una obra artística puede encontrar la razón de su belleza dentro de sus detalles técnicos del lenguaje que la compone, pero también puede encontrarla en su grado de representatividad dentro de los campos pertenecientes a la cultura (en el sentido amplio del término) de una sociedad –por ej. la canción “Los Dinosaurios”, en la que su belleza escapa a los límites estudiables por la teoría musical-, el juicio de aquella persona que, sin perder precisión en la especificidad, posea un espectro de factores de análisis más amplio, tendrá mayor valor que el juicio de aquella persona que posea un espectro más acotado, debido a que la primera puede referenciar su sentencia a factores que la segunda deja fuera de su análisis, no por omisión sino por desconocimiento. Criarse asistiendo recurrentemente a conciertos de música contemporánea permite que los códigos de “a qué debería sonar” una obra de este estilo sean adquiridos más o menos intuitivamente, permitiendo una primera instancia de disfrute (disfrute que no es un sentimiento proporcionalmente popular o masivo con respecto a este estilo musical). Luego, de la mano del estudio teórico e histórico-estético, puede alcanzarse otra fase del entendimiento de esta rama de la música; entendimiento fundacionalmente requerido para intentar apreciar toda la profundidad de una obra: gracias a ese estudio teórico se incorpora a los esquemas de pensamiento, por ejemplo, que las vanguardias del siglo XX surgen en alguna medida como respuesta a cierto agotamiento del tonalismo. Si antes, intuitivamente y por mera frecuentación, uno era capaz de discernir a qué “debería sonar” una obra de música contemporánea, alcanzada la segunda fase de entendimiento lo que comienza a poder comprenderse es el por qué debería sonar de esa determinada manera. Le artista, en muchos casos, como el citado, exige al consumidor de su arte tener cierto conocimiento previo al momento de consumir para poder apreciar su obra en su total profundidad.
Esta manera de comprender el arte en general y la música en particular, en sintonía con la concepción de “estética pura” de Bourdieu (1995, 1998, 2010), deriva entonces en la tendencia a analizar la música en sus supuestos elementos constituyentes, todos formales: melodía, armonía, ritmo, métrica, timbre, etc. Estos elementos son tratados como independientes entre sí e independientes de todo contexto sociohistórico, y su conocimiento y percepción, en palabras de Regelski, son considerados absolutamente necesarios para una respuesta estéticamente inteligente (2004: 4-6).”[3]
Un crítico ideal en los tiempos corrientes no puede estar condensado en un individuo: el flujo de información supera ampliamente la capacidad de una sola persona de incorporarla; pero aceptamos socialmente que a medida que su curriculum vitae demuestre más y mejor formación y experiencia, y más diversos puntos de enfoque, más capacitada está, y en consecuencia es más confiable a la hora de emitir un juicio.
“Cuando el crítico no posee delicadeza, juzga sin distinción y es afectado solo por las cualidades más palpables y evidentes del objeto: los detalles más nobles le pasan desapercibidos. Cuando no es ayudado por la práctica, su veredicto se halla acompañado de confusión y duda. Donde no ha empleado ninguna comparación, las bellezas más frívolas, que en realidad merecen el nombre de defectos, son objeto de su admiración. Donde se encuentra bajo la influencia del prejuicio, todos sus sentimientos naturales se ven pervertidos. Cuando carece de buen sentido, no está capacitado para discernir las bellezas del diseño y del razonamiento, que son las más altas y excelentes.
La mayoría de los hombres opera bajo una u otra de estas imperfecciones y, por lo tanto, encontramos que un juicio verdadero en las artes nobles, hasta en las épocas más cultas, está lejos de ser un referente. Solo el sentido fuerte, unido al sentimiento delicado, mejorado por la práctica, perfeccionado por la comparación y purgado de todo prejuicio, puede proporcionar a los críticos este valioso referente. Y el veredicto a él unido, si es que puede ser hallado, es el verdadero criterio del gusto y la belleza.”[4]
Aceptamos en la vida cotidiana, entonces, que hay gente cuyo pensamiento abarca más aspectos a evaluar que el de otres, y que hay gente que decodifica mejor y con más facilidad estos aspectos a evaluar. El curriculum legitima socialmente una superioridad respecto al conocimiento específico, y ésta es potencialmente lograble mediante el estudio y la práctica. Nos encontramos, por lo tanto, en condiciones de afirmar que hay personas mejor capacitadas para emitir un juicio que otras a la hora de evaluar la materia en cuestión para obtener una interpretación con pretensión de ser objetiva, y, en consecuencia, aceptamos que se pueden, en efecto, emitir juicios mejores o peores. Encontramos, por último, que ciertas manifestaciones artísticas exigen desde su concepción la participación ya no pasiva y expectante de quien las consuma, sino un rol activo, pensante y relacionante, y ciertos conocimientos previos al momento de consumo para poder llevar a cabo estas relaciones. Esta situación obliga a aceptar que, si bien puede haber un deleite intuitivo y superficial desde el desconocimiento, hay que conocer para que te gusten ciertas manifestaciones artísticas.
[1] Bourdieu, Pierre (2010) "Consumo
cultural", apartado "Código y capital cultural", en El sentido social del gusto. Buenos
Aires. SXXI, pp. 232,233
[2] Kant, Immanuel (1992) “Comparación
de las tres clases específicamente diversas de complacencia”, en Crítica de la facultad de juzgar.
Venezuela. Monte Ávila Editores, p. 128
[3] Carabetta, Silvia (2014).
“Perspectivas filosóficas de la educación musical” apartado “La estética pura”,
en Ruidos en la educación musical.
Buenos Aires. MAIPUE, pp. 31, 32
[4] Hume, David (2003). “Del criterio
del gusto”, en De la tragedia y otros
ensayos sobre el gusto. Buenos Aires. Biblos, pp 62, 63
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